martes, 25 de marzo de 2014

Panegiristas

La agonía transmitida al minuto de Adolfo Suárez ha sido, en verdad, un espectáculo humanamente deplorable; y sospecho que periodísticamente inane. Con todo el afecto que me merece la familia de Suárez, acrecentado en este trance luctuoso, considero que fue un error anunciar la «inminencia» de su fallecimiento; pues tal anuncio ha servido para que Adolfo Suárez, que en efecto estaba «en manos de Dios» –como muy delicadamente afirmó su hijo–, pasase durante estos días a manos de los hombres, que con frecuencia son zarpas. Y no tanto porque arañen o lastimen, sino más bien porque manosean y acarician tan lambiscona y empalagosamente que, inevitablemente, provocan una inmediata sospecha de insinceridad. Ruano llamaba «semana del duro» a esa porción de tiempo en que el muerto ilustre disfruta de una gloria fungible en los periódicos, antes de ingresar en las cámaras sin ventilación del olvido. Adolfo Suárez ha disfrutado de manera anticipada de una «semana del duro» con fuegos de artificio (de mucho artificio), a modo de corolario de la adoración que se le tributó durante la época en que su cabeza navegó por los pasadizos neblinosos de la desmemoria; y en contraste con los vituperios floridos (y cruzados) que recibió mientras estuvo activo. Esta apoteósica y anticipada «semana del duro» de Adolfo Suárez ha sido, en verdad, un espectáculo inquietante: no sólo porque hayamos visto a quienes en otro tiempo no le dispensaron siquiera ni unos céntimos de cariño apresurarse a ofrecerle su duro (sevillano) en forma de panegírico aspaventero y lacrimógeno; sino porque en la exaltación ha habido una orgiástica «fiesta de la democracia» que ha profanado –de la forma más chirriante y plebeya imaginable– el recogimiento que merece, entre quienes dicen admirarlo, cualquier persona que agoniza. Y si siempre hay algo obsceno en anticipar las exequias de quien todavía no ha entregado su hálito, en esta algarabía que ha acompañado la agonía de Suárez he descubierto algo todavía más sórdido.
 
No se trata tan sólo de la natural tendencia a exagerar la nota del panegírico. De todos es sabido que la muerte embellece la memoria del difunto y promueve una suerte de simpatía unánime (a veces sincera, a veces hipócrita) hacia él, incluso entre los que lo vituperaron en vida. Sospecho que si Suárez hubiese tenido ocasión de escuchar o leer los ditirambos encendidísimos, a veces salpimentados de chascarrillos ruborizantes, que le han dispensado en estos días quienes en sus tiempos de pujanza le negaban el pan y la sal lo habría acometido un ataque de risa floja. Tales efusiones ditirámbicas y a menudo postizas (a fin de cuentas segregaciones renegridas de la mala conciencia) son comprensibles para cualquiera que conozca la triste naturaleza humana. Pero en las ceremonias necrófagas que se le han dispensado a Suárez en estos días había un empeño desaforado, chirriante, muy gruesamente acrítico, de mitificación, a través del cual se pretendía exaltar la época que él había protagonizado, la llamada (la mayúscula que no falte) Transición, tan desacreditada hoy –sobre todo entre las nuevas generaciones– pese a los esfuerzos denodados de los amos del cotarro. Naturalmente, en este empeño mitificador hay por parte de los mitificadores un anhelo de salvarse a sí mimos (aunque lo enmascaren de epicedio de Suárez) y de blindar una época llena de sombras. Pero este vano empeño se volverá contra ellos; como la infección de la herida enconada se vuelve siempre contra quien pretendió cerrarla en falso.
 
Yo sólo deseo que, ahora que Dios lo tiene en su gloria, la divina caricia amorosa resarza a Suárez de los manoseos empalagosos y falsorros de sus panegiristas.
 

No hay comentarios: