lunes, 4 de marzo de 2013

Un joven castellonense en la despedida del Papa


Crónica, fotos y vídeo de Javier T, miembro del Colectivo 33, de su estancia en Roma durante la despedida del Papa.


Como a todo joven católico la renuncia de Benedicto XVI como Papa me resultó un gran mazazo. Tenía muy presente los últimos momentos del papado de Juan Pablo II, quien a pesar de la enfermedad, aguantó firmemente hasta el final.

Quizás lo mejor sea no comparar, son circunstancias diferentes y Benedicto XVI nos ha demostrado con su renuncia un gran acto de humildad. El tiempo y la historia ponen las cosas en su sitio. Ya habrá tiempo de conocer, con perspectiva, qué es todo lo que hay detrás de su renuncia y darnos cuenta de la sabiduría y santidad de este hombre.

El día antes de su última audiencia me vinieron a la mente los encuentros con el Papa a los que había asistido: Jornada Mundial de las Familias (Valencia, 2006), Visita a Barcelona (2010), y Jornada Mundial de la Juventud (Madrid, 2011). Me vinieron a la mente cada uno de estos encuentros, comprobar cómo la Providencia había actuado en mí en cada uno de estos actos a los que, en el mejor de los casos, acudía con un saco de dormir y poco más.

La peregrinación al Vaticano | Así pues, no me lo pensé dos veces, compré un billete a Roma y allá que me presenté con un saco de dormir y con mi nivel paupérrimo de italiano. Dios proveería.
Llegué justo para la última audiencia de Benedicto XVI. Unas 200.000 personas abarrotaban la plaza de San Pedro y la Vía Conciliazione. Era impresionante la cantidad de medios de comunicación que allí habían presentes y el ambiente que se respiraba. Una sensación de tristeza por la renuncia del Papa, así como de alegría por sus años de servicio a la Iglesia Católica.

Mi idea era esperar hasta el día siguiente, 28 de febrero, y acudir a la despedida definitiva. Una mala comunicación me hizo pensar que iba a ser en la Plaza de San Pedro, así pues, me presenté horas antes en la Ciudad del Vaticano con la bandera de España del Sagrado Corazón a esperar que el Papa apareciese por el balcón. Pero un tráfico fluido de gente y una plaza de San Pedro muy relejada me hizo sospechar que me había equivocado en algo.

Próxima parada: Castel Gandolfo | Efectivamente, un whats upp que recibí de un amigo español me indicaba que la despedida iba a ser en cuatro horas a 27 km del Vaticano, en Castel Gandolfo. No tenía ni idea de cómo llegar hasta allí, el GPS del iPhone ya me había jugado una mala pasada el día anterior y las indicaciones que me habían hecho dos italianos para orientarme no me ayudaban para nada. 

Finalmente conseguí algo de información, llegar en metro a la Estación de Anagnina y hacerme con un billete dirección Castel Gandolfo. 

Sabía que el servicio público de transportes romano era malo, pero no tanto. El autobús tardó casi una hora en llegar, cuando la frecuencia era cada diez o quince minutos. Además, finalmente, pararía en el pueblo de al lado y de allí tendría que coger un taxi para llegar hasta Castel Gandolfo. Lo tenía todo en mi contra.

Comenzaba a pensar qué narices pintaba yo en Roma, por qué me tenía que haber gastado ese dinero en el billete y por qué tener que pasar incomodidades durante estos dos días. Pero cuando todo parecía perdido, cuando el tiempo para llegar a Castel Gandolfo era de media hora, Dios proveyó, como ha hecho siempre.

Como de chiste, allí nos juntamos un norteamericano, un alemán, un portugués y un español. Todos con la intención de ir a Castel Gandolfo a despedirnos del Papa. La situación era graciosa, la forma de comunicarnos, pero todos nos entendíamos. Además, para variar, una italiana que esperaba en la marquesina de la estación, nos corregía cuando intentábamos chapurrear el italiano.

Visto que el tiempo jugaba en nuestra contra y que con el autobús no llegaríamos a la despedida, decidimos coger un taxi. 

A las 5 y pocos minutos llegamos a Castel Gandolfo, subimos corriendo por las cuestas. Un número impresionante de gente abarrotaba la plaza principal y las calles adyacentes. Banderas de numerosas naciones, pancartas de agradecimiento al Papa en muchas lenguas y la tristeza de verle por última vez era lo que allí nos encontramos.

Benedicto XVI llega a Castel Gandolfo | Tras culminar con el rezo del Santo Rosario, llegó el helicóptero en el que se trasladaba el Papa. Las banderas eran agitadas fuertemente y una calurosa ovación recibía a Benedicto XVI.

El momento de exaltación fue mayor cuando el Papa hacía su última aparición pública. Fue una aparición breve, pero intensa. Una catequesis de lo que han sido sus años de pontificado: humildad, entrega y servicio.

«Queridos amigos, soy feliz de estar con vosotros. Vuestra simpatía me hace mucho bien. Gracias por vuestra amistad y vuestro afecto», comenzó. El Santo Padre recordó que este saludo es distinto a los anteriores, porque a las ocho de la tarde dejaría de ser el Sumo Pontífice. El Papa se describió como «un peregrino que inicia la última etapa de su peregrinaje en nuestra tierra». «Me gustaría con mi amor, con todas mis fuerzas, trabajar por el bien común de la Iglesia. Me siento muy apoyado. ¡Gracias y buenas noches!», concluyó mientras bendecía a los fieles congregados en la plaza. 

Cuando renuncias a tus comodidades, lo pones todo en manos del Señor y te fías de su Providencia, te sorprende siempre, más de lo que puedes esperar. Si no hubiese sido suficiente con la gente que me ofreció un lugar para dormir o ducharme o con los tres jóvenes que me encontré por el camino, entre la multitud que abarrotaba la plaza de Castel Gandolfo me encontré con una persona a la que no veía desde hace diez años. Le perdí la pista, siempre me había preguntado qué sería de él y ¡vaya que regalos nos hace el Jefe!

Gracias Señor, por regalarnos estos años de servicio de Benedicto XVI, gracias por estos días en Roma.
¡VIVA BENEDICTO XVI!



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