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lunes, 2 de marzo de 2015

Cavando nuestra propia tumba

Allá por 1950, Agustín de Foxá escribía una Tercera clarividente en ABC, en la que alertaba sobre el «error de los vencedores de la segunda Guerra Mundial» al pretender implantar artificialmente «pacíficas repúblicas democráticas» entre pueblos que repudiaban tal forma de gobierno. «Las culturas –escribía Foxá– tienen su tiempo, como el crecimiento de los vegetales. Y nadie puede acelerar el ritmo botánico de una selva». Como ejemplo de los peligros de esta obsesión democrática, Foxá citaba (tal vez a modo de captatio benevolentiae) el ejemplo de la América española, que separada de su madre «se constituyó en múltiples repúblicas democráticas», para luego resignarse a vivir «bajo el cetro de sus dictadores». Pero lo cierto es que la América española había sido previamente civilizada y evangelizada; y su repudio de las repúblicas democráticas se puede explicar en razón de su filiación hispánica, que luego sus dictadores malversaron en beneficio propio. Pero la crítica de Foxá se dirigía específicamente contra las potencias vencedoras de la segunda Guerra Mundial, que «en lugar de cristianizar» a los pueblos, los habían enseñado «a manejar las ametralladoras». Y remataba su artículo con una premonición: «Estos pueblos se aprovecharán de nuestra penicilina y nuestra democracia, y desdeñarán nuestra alma escéptica. Es muy posible que por este error estemos los occidentales cavando nuestra propia tumba».
 
Aquella premonición de Foxá se ha cumplido plenamente. Los occidentales, en efecto, hemos cavado nuestra propia tumba, pretendiendo implantar por doquier «pacíficas repúblicas democráticas». Sólo que este empeño de llevar hasta los confines del atlas la libertad, la democracia y la sociedad abierta escondía tras su fachada grandilocuente sórdidos propósitos expoliadores; pues lo que en verdad se oculta tras esa trinidad de eufónicas palabras es el Dinero, dios al que se rinden los sacrificios más cruentos. El hambre de dinero, todavía disfrazada con una cínica pátina de cristianismo, guió la creación de «pacíficas repúblicas democráticas» tras la segunda Guerra Mundial; el hambre de dinero guió los procesos abiertos tras el colapso del comunismo en los países que padecieron su tiranía (a los que, a cambio de ingresar en la «sociedad abierta», se obliga a renunciar de su tradición cristiana); y el hambre de dinero guió los procesos que se han pretendido realizar en los países islámicos, donde el Nuevo Orden Mundial, con tal de llevar a cabo su designio, no ha vacilado en liberar los demonios encadenados por aquellos tiranuelos a los que previamente entronizó; y ahora, con los demonios desatados, pretendemos conjurar el peligro invocando un quimérico «islam moderado» frente al yihadismo y otras memeces con olor a diarrea.
 
En el artículo que citábamos arriba, Foxá auguraba que «la palanca que un día descuelgue la bomba atómica sobre Roma» sería movida «por un brazo oscuro, recién salido de la Prehistoria». Pero ese brazo oscuro no necesitará descolgar bombas atómicas sobre Roma: le bastará con degollar muy de vez en cuando a algún solitario carca recalcitrante, mientras profana tranquilamente los templos de Roma, con el beneplácito de los mamporreros del Nuevo Orden Mundial, que le harán pasillo (sociedad abierta… de esfínteres) y lo jalearán con el mismo entusiasmo con el que antes jaleaban la constitución por las buenas o por las malas de «pacíficas repúblicas democráticas» entre pueblos que repudian tal forma de gobierno. La Historia nos demuestra repetidamente que quienes se llenan la boca de palabras grandilocuentes son los primeros en hacer gárgaras con ellas. 
 

martes, 24 de febrero de 2015

Gallofas peperas

Gallofa se llamaba en la literatura clásica al hueso roído o mendrugo de pan mohoso o troncho de berza podrida que se entregaba al mendigo a modo de desmayada limosna. Y, más que entregarse, se arrojaba desde cierta distancia, pues no convenía acercarse en demasía al mendigo, que tal vez escondiera entre los harapos alguna buba o escrófula purulenta. De este modo, a la vez que acallaba su mala conciencia, el reticente benefactor evitaba el contagio. 
 
A modo de gallofa, el Gobierno pepero ha arrojado a su electorado más zombi el hueso roído de una grotesca restricción que impediría a las menores de edad abortar sin el consentimiento de sus papaítos. Lo ha hecho, además, de la forma más desganada posible, disimulando a duras penas el tedio y la repugnancia que le provoca ese electorado zombi (¡ultracatólicos casposos!) al que, de buena gana, mandaría a tomar por retambufa; pero al que tiene que seguir camelando y dando pomada, para evitar desgarros. Además, esta vez el Gobierno no se ha conformado con arrojar la gallofa guardando una distancia prudencial por temor al contagio, sino que ha mandado como recaderos a sus diputados, pues la gallofa estaba tan podre que temía que su fetidez se le quedase prendida indeleblemente de las ropas, impidiéndole luego desenvolverse en sociedad y pavonearse ante su electorado más molón y moderno. ¡Ay, los sacrificios que los peperos tienen que hacer por esos ultracatólicos casposos! Y encima, los muy ingratos, no se los agradecen; y hasta hay algunos que, hartos de gallofas tan podres, ni siquiera doblan el espinazo para recogerlas. ¿Dónde se ha visto tamaña desfachatez? 
 
Pero, aunque esos ingratos no recojan los huesos roídos y mendrugos mohosos que les arrojan, los peperos podrán caminar con la cabeza bien alta. Pues nadie podrá acusarlos de no haber cumplido con su papel, que no era otro sino engañar a su electorado más zombi, haciéndole creer que iban a derogar la ley del Aborto, cuando de lo que se trataba era de consolidarla, según la misión que –Balmes dixit– la dinámica revolucionaria ha asignado a los partidos conservadores, que no es otra sino «conservar» los intereses creados de la revolución. A la revolución del mundialismo le interesaba mucho que los peperos arrojasen esta última gallofa podre a su electorado más zombi, por una razón bien sencilla: una ley que permite abortar alegremente a las menores puede resultar demasiado brutal para las conciencias farisaicas; en cambio, una ley que exige a las menores consentimiento de los papaítos, además de tranquilizar las conciencias farisaicas, refuerza la consideración del aborto como acto de disposición de la voluntad, que sólo exige para poder realizarse plena capacidad legal o, en su defecto, una autorización de los papaítos que la supla, como comprarse un piso o abrir una cuenta bancaria. Mediante esta gallofa, se contribuye a la normalización del aborto como «derecho civil» y al eclipse de la conciencia, que ya no es capaz de enjuiciar la naturaleza criminal del aborto, sino que se conforma con imponer grotescos requisitos de capacidad legal a la mujer que lo perpetra; consecuencia inevitable de considerar el aborto una «tragedia para la mujer» (como tanto gustan de repetir los zombis), en lugar de un crimen contra la vida más inerme. La revolución mundialista no podrá decir que los peperos no han cumplido con ardor la misión que les ha sido asignada.
 
Quejarse ahora de que la gallofa está podre es como llorar ante la leche derramada. ¡Conque a doblar el espinazo y a recogerla agradecidamente, leñe, que las elecciones están a la vuelta de la esquina y vienen los podemonios!
 

sábado, 17 de enero de 2015

La pasarela de los hipócritas

¡Hipócritas!
Tras la última masacre perpetrada por Boko Haram, el arzobispo Kaigama solicitaba que se organizase en Nigeria una manifestación como la que ha tenido lugar en París, con asistencia de multitud de mandatarios. ¡No lo verán sus ojos! Porque esos mandatarios que fueron a París son una patulea de la peor calaña, felpudos del Nuevo Orden Mundial que cada día provocan o permiten masacres en los arrabales del atlas sin que les tiemble el pulso; pero que, ante el asesinato de los caricaturistas de Charlie Hebdo, lacayos del Nuevo Orden Mundial como ellos (aunque mucho peor remunerados), se reúnen en una pasarela de los hipócritas para llorar como meretrices disfrazadas de plañideras sobre la leche derramada por ellos mismos.
 
Esta patulea de mandatarios puede decir con plena propiedad (no como las masas gregarias que se apuntaron al lema, sin saber lo que decían): «Yo soy Charlie Hebdo». Y es que, en efecto, al igual que Charlie Hebdo, esta patulea apoyó los bombardeos de Libia y a los «rebeldes» que, tras asesinar a Gadafi, han macheteado cristianos a mansalva; al igual que Charlie Hebdo, esta patulea apoyó a los «rebeldes» que se levantaron en Siria y han crucificado o decapitado cristianos a porrillo; al igual que Charlie Hebdo, esta patulea ha apoyado los ataques desproporcionados de Israel a los palestinos; al igual que Charlie Hebdo, esta patulea apoya las matanzas de inocentes que la marioneta Poroschenko ordena en el Donbass; al igual que Charlie Hebdo, esta patulea odia minuciosamente a Rusia, porque teme que sea la tercera Roma profetizada por Filoteo; al igual que Charlie Hebdo, esta patulea mira con complacencia a las guarras de Femen (también presentes en la manifestación, esta vez muy morigeradamente vestiditas); al igual que Charlie Hebdo, esta patulea considera que ETA es un movimiento de liberación que ponía bombas para que su onda expansiva masajease y realzase las tetas de las bañistas, según se celebraba en una portada especialmente repugnante de Charlie Hebdo. Caiga sobre Rajoy la ignominia de haberse solidarizado con quienes hicieron escarnio de la sangre derramada por los etarras.
 
La patulea congregada en París no tiene otra misión en la vida sino acatar los designios inicuos del Nuevo Orden Mundial hasta cumplir su objetivo último, que es de naturaleza anticrística. Y tal objetivo se desarrolla según dos procedimientos: en los arrabales del atlas, azuzando a los islamistas, bien mediante el patrocinio bien mediante el enviscamiento; en Occidente, impulsando el laicismo, hasta convertir la derruida Cristiandad en un páramo apóstata. Porque islamismo y laicismo son, como la Bestia del Mar y la Bestia de la Tierra del Apocalipsis, dos instrumentos que el Nuevo Orden Mundial maneja simultáneamente con el propósito común de erradicar el cristianismo; huelga añadir (basta con leer a Kavafis) que el día en que el islam decida dar la puntilla al Occidente apóstata, nadie le opondrá resistencia, porque los pueblos que han renegado de su fe son masas blandulosas y genuflexas; y porque morir en defensa del laicismo es tan ridículo como hacerlo en defensa del sistema métrico decimal.
 
Y esta patulea de mandatarios que lloriqueaban por los caricaturistas de Charlie Hebdo, lacayos del Nuevo Orden Mundial como ellos (aunque mucho peor remunerados), montarán entonces otra pasarela de los hipócritas, mientras las masas gregarias que antes los acompañaban son degolladas por los invasores. Sólo que esta vez no fingirán consternación, sino júbilo; y, en vez de posar erguidos ante las cámaras, posarán prosternados en dirección a La Meca, proclamando: «¡Alá es grande!».
 

sábado, 10 de enero de 2015

Yo no soy "Charlie Hebdo"

Durante los últimos días, hemos escuchado calificar a los periodistas vilmente asesinados del pasquín Charlie Hebdo de «mártires de la libertad de expresión». También hemos asistido a un movimiento de solidaridad póstuma con los asesinados, mediante proclamas inasumibles del estilo: «Yo soy Charlie Hebdo». Y, llegados a la culminación del dislate, hemos escuchado defender un sedicente «derecho a la blasfemia», incluso en medios católicos. Sirva este artículo para dar voz a quienes no se identifican con este cúmulo de paparruchas hijas de la debilidad mental.
 
Allá por septiembre de 2006, Benedicto XVI pronunció un grandioso discurso en Ratisbona que provocó la cólera de los mahometanos fanáticos y la censura alevosa y cobarde de la mayoría de mandatarios y medios de comunicación occidentales. Aquel espectáculo de vileza infinita era fácilmente explicable: pues en su discurso, Benedicto XVI, además de condenar las formas de fe patológica que tratan de imponerse con la violencia, condenaba también el laicismo, esa expresión demente de la razón que pretende confinar la fe en lo subjetivo, convirtiendo el ámbito público en un zoco donde la fe puede ser ultrajada y escarnecida hasta el paroxismo, como expresión de la sacrosanta libertad de expresión. Esa razón demente es la que ha empujado a la civilización occidental a la decadencia y promovido los antivalores más pestilentes, desde el multiculturalismo a la pansexualidad, pasando por supuesto por la aberración sacrílega; esa razón demente es la que vindica el pasquín Charlie Hebdo, que además de publicar sátiras provocadoras y gratuitamente ofensivas contra los musulmanes ha publicado en reiteradas ocasiones caricaturas aberrantes que blasfeman contra Dios, empezando por una portada que mostraba a las tres personas de la Santísima Trinidad sodomizándose entre sí. Escribía Will Durant que una civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro; y la basura sacrílega o gratuitamente ofensiva que publicaba el pasquín Charlie Hebdo, como los antivalores pestilentes que defiende, son la mejor expresión de esa deriva autodestructiva.
 
Debemos condenar este vil asesinato; debemos rezar por la salvación del alma de esos periodistas que en vida contribuyeron a envilecer el alma de sus compatriotas; debemos exigir que las alimañas que los asesinaron sean castigadas como merecen; debemos exigir que la patología religiosa que inspira a esas alimañas sea erradicada de Europa. Pero, a la vez, debemos recordar que las religiones fundan las civilizaciones, que a su vez mueren cuando apostatan de la religión que las fundó; y también que el laicismo es un delirio de la razón que sólo logrará que el islamismo erija su culto impío sobre los escombros de la civilización cristiana. Ocurrió en el norte de África en el siglo VII; y ocurrirá en Europa en el siglo XXI, a poco que sigamos defendiendo las aberraciones de las que alardea el pasquín Charlie Hebdo. Ninguna persona que conserve una brizna de sentido común, así como un mínimo temor de Dios, puede mostrarse solidaria con tales aberraciones, que nos han conducido al abismo.
 
Y no olvidemos que el Gobierno francés –como tantos otros gobiernos occidentales–, que amparaba la publicación de tales aberraciones, es el mismo que ha financiado en diversos países (y en especial en Libia) a los islamistas que han masacrado a miles de cristianos, mucho menos llorados que los periodistas del pasquín Charlie Hebdo. Puede parecer ilógico, pero es irreprochablemente lógico: es la lógica del mal en la que Occidente se ha instalado, mientras espera la llegada de los bárbaros.
 

sábado, 3 de enero de 2015

El León de Damasco

En algún artículo anterior, hemos empleado el término paulino «katéjon» (obstáculo) para referirnos a Bashar Al Assad, el León de Damasco, que durante estos últimos años ha sido un bastión inexpugnable contra la extensión de la barbarie islamista. A algunos de mis lectores, intoxicados por la propaganda anglosionista, les causó gran perplejidad mi defensa de Al Assad, como en su día les causó estupor mi defensa del dictador Sadam Hussein. Pero no hay nada oculto que a la postre no haya de manifestarse; y la perspectiva de los años, a la vez que ha desvelado las patrañas de los intoxicadores, ha hecho esta defensa mucho más comprensible: cuando Sadam Hussein gobernaba Irak, había en el país más de millón y medio de cristianos, protegidos por las leyes del dictador, que incluso contaba con cristianos entre sus ministros. Hoy puede decirse sin temor a incurrir en la hipérbole que el cristianismo ha sido borrado de Irak; y, aunque haya sido la barbarie islamista la firmante de su defunción, hemos de recordar que durante los años en que Irak permaneció bajo control directo de Estados Unidos y de sus colonias, la seguridad de los cristianos iraquíes nunca fue garantizada, hasta el extremo de que fueron obligados a la diáspora sin que Estados Unidos y sus colonias parpadeasen, o parpadeando a destiempo, de tal modo que sus parpadeos más bien parecían guiños de connivencia dirigidos al islamismo. 
 
En Siria, las leyes de Al Assad protegían a la minoría cristiana (casi un diez por ciento de la población), permitían la erección de iglesias y garantizaban el culto. Pese a la intoxicación anglosionista y a la oscura alianza que nutrió de armas y asesoramiento a los entonces llamados «rebeldes», Al Assad logró resistir (con la ayuda de sus aliados, en especial Rusia e Irán) la ofensiva de unas fuerzas que poco a poco fueron desvelando su verdadero rostro. Frente a los intoxicadores que lo presentaban como un genocida capaz de exterminar a los sirios con tal de mantenerse en el poder, Al Assad proclamó su deseo de morir junto a su pueblo; y ha probado sobradamente que no hablaba a humo de pajas, manteniendo primero una defensa heroica contra los «rebeldes» financiados y asesorados por potencias extranjeras, haciendo frente a las intoxicaciones que pretendieron imputarle el empleo de armas químicas para justificar una invasión (evitada in extremis gracias a la oposición de Rusia) y, por último, manteniendo con bravura las posiciones frente al ataque arrasador de las alimañas del Estado islámico, que en cambio hicieron añicos las resistencias de las tropas iraquíes entrenadas por Estados Unidos y sus colonias. Todo ello mientras sufre en su territorio bombardeos que, con la excusa de atacar las posiciones del Estado Islámico, han devastado también centros vitales para la supervivencia del pueblo sirio.
 
En los últimos meses, la intoxicación ha bajado el diapasón, presentando a Al Assad como un «mal menor» con el que tal vez haya que entenderse, mientras se combate al Estado Islámico (aunque sin renunciar a deponerlo en una etapa posterior); y ya son varios los países de la región que han restablecido relaciones diplomáticas con el régimen de Al Assad, que para despedir el año volvió a mostrarse junto a sus tropas y a compartir su rancho. Hoy ya sabemos que el único pecado de Al Assad (como del régimen iraní) fue oponerse a la pretensión de hegemonía económica del anglosionismo; también sabemos que su mantenimiento en el poder es la única esperanza que resta a las comunidades cristianas de la región, martirizadas por el islamismo ante la impasibilidad o connivencia de Estados Unidos y sus colonias. ¡Larga vida al León de Damasco!
 

martes, 9 de diciembre de 2014

Superhombre

Sin duda, uno de los pensadores que más han influido en nuestra época es Nietzsche; y uno de los conceptos más socorridos y exitosos de su filosofía es el de übermensch, hombre superior o (como generalmente se traduce) 'superhombre', que su creador describe así: «El superhombre ha alcanzado un nivel de existencia en el que la piedad, el sufrimiento, la tolerancia con los débiles, la supremacía del alma sobre el cuerpo, la creencia en el más allá ya no le afectan». Se trata, sin duda, de un concepto engolosinador y fascinante: el hombre convertido en una suerte de diosecillo presuntuoso, sin ataduras ni servidumbres, capaz de establecer sus propias normas de conducta y su propio sistema de valores, determinando que lo bueno es aquello que procede de su voluntad de poder. 

La idolatría que Nietzsche profesaba a la voluntad de poder resulta mucho más comprensible si estudiamos su biografía. Resulta, en verdad, pasmoso descubrir que Nietzsche fue toda su vida un pelagatos, por más que gallease en sus cartas o en sus relaciones amorosas (casi siempre traumáticas e insatisfactorias, por cierto). Presumía de ser descendiente de un príncipe polaco; pero la dura realidad es que toda su vida fue un menesteroso profesor de griego, mezquinamente pagado por el gobierno alemán, al que detestaba. ¿Cabe forma de humillación más aplastante que creerte un superhombre, dotado de una omnímoda voluntad de poder, y tener sin embargo que depender para la subsistencia de un sueldo exiguo que te procuran las personas a las que más desprecias? No debe extrañarnos que este fortísimo contraste entre la realidad y el deseo acabase haciendo añicos la cordura de Nietzsche y convirtiéndolo en una piltrafa; pues debe resultar, en efecto, muy duro mantener el equilibrio cuando la realidad se empeña en refutar sistemáticamente tus postulados. Esta es la razón última por la que todas las ideologías son dementes: porque tratan de negar la realidad, haciendo de sus abstracciones petulantes y eufóricas una realidad alternativa... que nunca se cumple.

Para imponer la noción de 'superhombre', Nietzsche necesitaba matar a Dios; y proclamó su muerte con jubiloso frenesí, consciente de que solo así el hombre podría convertirse en ese ser superior que crea su propia moral y se convierte en monarca absoluto de sus pasiones, entregándose a la principal de ellas, que es la pasión de dominio. Este concepto de 'superhombre' hizo, de inmediato, fortuna; y todas las ideologías se afanaron en convencer a sus adeptos, por muy birriosos y débiles mentales que fueran (pero sobre todo si lo eran), de que una vez fallecido ese arcaico armatoste llamado Dios podrían ocupar su sitio... salvo que a ese 'superhombre', encumbrado por la soberbia individualista, empezaron enseguida a darle jarabe de palo; quiero decir que empezaron a pagarle miserablemente a cambio de un trabajo extenuador (¡como hacían los cabrones del gobierno alemán con Nietzsche!), empezaron a coserlo a impuestos, empezaron a suministrarle entretenimientos plebeyos para que se idiotizase... y hasta lo convencieron de que no engendrase hijos, haciéndole creer que era en ejercicio de su voluntad de poder (¡derecho a decidir del superhombre!), cuando en realidad era para poder coserlo a impuestos más impunemente y pagarle más miserablemente por su trabajo, pues no teniendo prole estos atropellos le dolerían menos.

Pero a este gurruño infrahumano engañado con la milonga nietzscheana había que ofrecerle algo que, a la vez que lo mantuviese entretenido, le sirviese como sucedáneo de aquel 'superhombre' que cínicamente le habían prometido ser y que nunca llegaría a ser, consolándolo en su laceria (quiero decir, en su vida de mierda). Así se explica el auge contemporáneo de los 'superhombres' de los tebeos, que han suplantado tanto lingüísticamente como en el imaginario colectivo al superhombre nietzscheano, haciendo milagros de chichinabo y lanzando chispas por doquier, a modo de sucedáneos grotescos y saltimbanquis de Dios. Resulta, en verdad, hilarante que aquellos pretendidos superhombres nietzscheanos que mataron a Dios, haciéndose los chulitos, hayan acabado consolándose de su infrahumanidad aplastada viendo volar pánfilamente en una pantalla a unos tíos en leotardos. En eso ha terminado el nihilismo existencial de la modernidad: en infantilismo de quiosco, en pachanga pop repartida a modo de alfalfa entre las multitudes idiotizadas, para que se olviden de su condición infrahumana, mientras les saquean todos sus bienes materiales y espirituales. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Agitar el miedo

Pocos minutos después de ser elegido secretario general de Podemos, Pablo Iglesias advirtió, refiriéndose a sus adversarios políticos:

-Van a agitar el miedo, van a decir que viene el lobo, van a decir que será terrible que exista un gobierno de Podemos. Permítanme que les dé un consejo: agitar el miedo es una mala estrategia.

Nadie podrá decir que Iglesias es un marrullero que trata de obtener ventaja de sus rivales mediante estrategias secretistas, o empleando malas artes; por el contrario, en esas palabras que acabamos de reproducir designa el instrumento más eficaz (junto a los incesantes casos de corrupción que enfangan y gangrenan a las oligarquías que hasta hoy han cortado y repartido el bacalao) para conseguir que Podemos alcance el poder político. Nunca hasta hoy (que yo recuerde) a una alternativa política le había resultado tan barato darse a conocer al pueblo español; nunca hasta hoy la campaña publicitaria de una formación al alza había sido sufragada por sus rivales de modo tan aplicado; y nunca hasta hoy un líder político se había sincerado de modo tan leal y sin ambages ante sus rivales, convertidos en propagandistas y patrocinadores.

Tengo varios amigos que, después de tragarse veinte o treinta de esas tertulietas cerriles en las que, siguiendo el 'argumentario' (o sea, la falta de argumentos) de Génova o Ferraz, se trata de instilar el miedo entre sus respectivas parroquias ante un hipotético ascenso de Podemos, se han confrontado con el dilema de cortarse las venas o adherirse a esa facción política. Y, tal vez porque son un poco medrosos (o tal vez porque, hartos de soportar esa agitación burda y frenética del miedo, se regocijan de poder chinchar a sus promotores), han preferido la segunda opción. Las tertulietas, en efecto, se han convertido en una fábrica estajanovista de votantes de Podemos; y si yo fuese Pablo Iglesias y alcanzase el poder, de inmediato dispondría (¡por decreto, nada de trámites parlamentarios!) que los tertulianos más destacados en la propaganda del miedo sean premiados con un sueldo vitalicio, que extendería a sus descendientes al menos hasta la segunda o tercera generación.

Porque, en verdad, es lastimoso que esos tertulianos, en su afán despepitado por extender el miedo, tengan el cuajo de anunciarnos que algunas de las medidas sociales y económicas que Podemos ha esbozado son inviables, después de que las oligarquías políticas que hasta hoy han cortado y repartido el bacalao hayan creado unas estructuras hipertróficas que han abastecido durante cuarenta años a sus legiones de enchufados, dotándolos además de coche oficial, teléfono móvil y tarjeta de crédito opaca para pagarse sus canitas al aire. Puestos a provocar calamidades e infligir daños, los mozos de Podemos lo tendrán, en verdad, muy difícil, porque sus predecesores ya se encargaron de ello; y vive Dios que lo han hecho con denuedo. 

Podemos, por ejemplo, no podrá enviar a una cuarta de la población activa al paro, ni pulirse instituciones de iniciativa social tan valiosas como las cajas de ahorro, ni convertir nuestro sistema educativo en una nueva Jauja de la ignorancia. Podemos tampoco podrá fomentar la creación de unas (con perdón) élites partitocráticas seleccionadas entre mediocres y lacayos del líder de turno, ni convertir al Estado español en un lacayo de los mercados financieros transnacionales, ni entregar su soberanía a los burócratas de Bruselas mediante una reforma de la Constitución flagrantemente anticonstitucional. Podemos, desde luego, no podrá avivar más el separatismo, ni adelgazar más las garantías laborales, ni aumentar más los impuestos, ni asfixiar la iniciativa empresarial y el ahorro, ni favorecer la evasión fiscal y la apertura de cuentas andorranas y suizas. Podemos ni siquiera podrá ofender demasiado a los católicos desestructurando familias, introduciendo la ideología de género en las escuelas, fomentando la inmoralidad en los medios de masas o impulsando el aborto libre; tal vez pueda convertir a los católicos en mártires, pero sospecho que, llegado a este punto, no tendrá muchos dispuestos al martirio (y, desde luego, ninguno de los que ahora los atemorizan).

Quienes agitan el miedo afirmando que Podemos nos traerá todas las calamidades que otros nos trajeron antes solo demuestran estar al servicio de quienes las trajeron; pero Pablo Iglesias, si algún día se amorra a la teta del poder, no debe escatimar recursos en premiar a estos nefastos estrategas, en realidad propagandistas (¿involuntarios?) de su causa. 

martes, 25 de noviembre de 2014

El aborto es necesario

Y aún me atrevería a decir que indispensable para el sistema: lo necesita como control de daños último para sostener sus cimientos, para mantener en pie su edificio de iniquidad. Adam Smith ya intuyó que cuanto mayor fuese su prole, más imperiosamente reclamaría el trabajador una subida de su salario, pero sería Thomas Malthus quien defendiese sin ambages que el mejor modo de evitar que los trabajadores tuviesen demasiados hijos era mantenerlos en la pobreza. David Ricardo, más brutalmente todavía, llegó a formular la conocida como «ley de bronce de los salarios», según la cual los salarios tienden «de forma natural» (nótese el sarcasmo) hacia un nivel mínimo que se corresponde con las necesidades de subsistencia de los trabajadores; cualquier incremento de los salarios por encima de este nivel –proseguía David Ricardo– provoca que las familias tengan un número mayor de hijos. Aunque el economicismo clásico no se atrevió a recomendar la anticoncepción como recurso para lograr que los salarios tiendan «de forma natural» hacia su nivel mínimo, es evidente que la idea planea sobre sus teorías como la sombra de un ave carroñera.
 
Será el movimiento eugenésico el que finalmente se atreva a formular la ecuación, que Margaret Sanger resume en una frase azufrosa: «Lo más misericordioso que una familia humilde puede hacer por uno de sus miembros más pequeños es matarlo». Pero al movimiento eugenésico, financiado por Rockefeller y otros plutócratas de la época, le cayó encima el sambenito del nazismo; y tras la Segunda Guerra Mundial el sistema decidió que, si deseaba conseguir que los trabajadores tuvieran pocos hijos para poder pagarles salarios birriosos, tendría que recurrir a otra retórica menos expeditiva. La encontró en la llamada «liberación sexual», aquella religión profetizada por Chesterton que a la vez que exalta la lujuria prohíbe la fecundidad. Se trataba de inculcar en los trabajadores a los que previamente habían arrebatado todos sus derechos laborales (derecho a un salario digno, derecho a un trabajo estable, derecho a formar una familia, derecho a permanecer en su tierra, derecho a alimentar y educar a sus hijos) la creencia psicopática de que el derecho a follar sin tener hijos era mucho más importante. No hizo falta sino fomentar la inmoralidad y revolver a la mujer contra su propia naturaleza para lograr aquel prodigio de iniquidad: al fin el sueño patrocinado por Rockefeller se había hecho realidad de modo insospechado, con los trabajadores convertidos en cipayos cretinizados que se creían más libres que nunca por poder follar sin tener hijos, mientras «de forma natural» se les remuneraba con salarios ínfimos.
 
La víspera de la manifestación contra el aborto se hacían públicos unos datos escalofriantes que nos indican que un tercio de los asalariados españoles cobran poco más de seiscientos euros al mes. Y esta situación ignominiosa se hace mucho más habitual entre los trabajadores en edad de procrear: un 86% de los jóvenes menores de 18 años, un 75% de los que cuentan entre 18 y 25 años y un 38% de los que se hallan entre los 26 y los 35. Para que esos jóvenes no se revuelvan contra el sistema, hay que evitar que procreen; y para evitar que procreen, amén de la religión profetizada por Chesterton, es preciso el control de daños del aborto. Por eso todos los gobernantes al servicio del sistema mantendrán el aborto; y por eso cualquier político que quiera de veras plantar batalla al aborto (y con el concepto prostituido de libertad sobre el que se funda) deberá empezar por restablecer la justicia social, con salarios dignos que cubran las necesidades del trabajador y de su familia. Todo lo demás es arar en el mar.
 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Control social

Mucho peores que los sicarios del Nuevo Orden Mundial son esos felones que, desde posiciones «equidistantes», tratan de descalificar a quienes se juegan el tipo, aduciendo que la «crítica sistemática» no es de recibo, que hay que ser «constructivos», que no se puede ser «profeta de calamidades», etcétera. Contra estos tibios y fariseos que, so capa de moderantismo y «positividad», impiden u obstruyen la confrontación de ideas, escribió Chesterton La esfera y la cruz. Sin duda, el «pensamiento positivo» (que no es sino el disfraz de decencia que se pone la más abyecta corrección política) es uno de los instrumentos más aciagos de control social que el sistema ha introducido en nuestras vidas; y sus apóstoles, bajo su apariencia modosita, los más peligrosos jenízaros de la ideología mundialista.

En un libro muy notable que acabo de leer, Oligarquía y sumisión (Ediciones Encuentro), José Miguel Ortí Bordás se refiere muy acertadamente a esta nueva forma de control social o dominación de las conciencias que ya no actúa, como en los totalitarismos clásicos, allanándolas y forzándolas, sino moldeándolas a su gusto, adaptándolas complacientemente a los paradigmas culturales y políticos vigentes, y reduciendo a los pueblos a la categoría de rebaños gustosamente esclavizados, corifeos de la corrección política y del pensamiento positivo, fundado sobre una antropología optimista (¡el hombre es buenecito y, a poco que lo dejen, irá perfeccionándose todavía más!). Por supuesto, este control social se logra sin que nadie tenga la impresión de estar obedeciendo, sino abrazando libremente (¡con entusiasmo de lacayos fervorosos!) sus directrices. Y, una vez logrado el control completo, el discrepante será automáticamente visto como un desviado o un demente peligrosísimo. 

Mucho más importante -nos recuerda Ortí Bordá- que alcanzar el poder político es conseguir el control social, pues de hecho el poder político no es más que el ejercicio efectivo de un control social previo, en el que las diversas oligarquías, con sus negociados de derecha e izquierda, pueden turnarse tranquilamente, admitiendo de vez en cuando nuevos socios en el reparto del pastel. Por control social debemos entender los mecanismos sibilinos de psicología de masas que logran el sometimiento de las conciencias a los paradigmas culturales de cada época (llámense 'capitalismo financiero', 'derechos de bragueta', 'consumismo', 'ideología de género', etcétera), ante los que se allanan sin darse cuenta, con la misma naturalidad con que respiramos. La finalidad de este control social no es otra sino reforzar la tendencia a la conformidad y lograr que los comportamientos «desviados» sean automáticamente reprimidos por el propio cuerpo social, que hace sentir a quien osa comportarse o pensar de forma «desviada» como una suerte de apestado. Para lograr el control social sobre los pueblos, previamente se destruyen las tradiciones culturales y religiosas que los vinculaban y hacían fuertes, hasta convertirlos en una mera agregación de átomos extraviados e individualistas (¡y con conexión a interné, oiga!); una vez rotos todos los vínculos, a esa agregación de átomos condenados a la intemperie espiritual se les da un catecismo gregario que endiose sus apetitos, al que gozosamente se adhieren mientras todos sus bienes materiales y espirituales son saqueados, de tal modo que «toda contradicción parezca irracional y toda oposición imposible», tal como establecía Herbert Marcuse en El hombre unidimensional.  

Naturalmente, en este tipo de sociedades desintegradas es fácil criar individuos (como las hormigas crían a los pulgones) que consideren que el sistema político y social es difícilmente mejorable. La única discrepancia aceptable, que inmediatamente será asimilada por los negociados de derecha e izquierda existentes, será la que acepte las coordenadas prefijadas por los paradigmas establecidos; y en el caso de que tal discrepancia adopte apariencias airadas, se arbitrará un nuevo negociado ('marcas blancas' del sistema) que, con el reclamo de rebelarse contra alguno de los paradigmas vigentes, fomente la aceptación del resto. Así, por ejemplo, se permitirá al rebaño rebelarse contra los abusos del sistema financiero, siempre que no dejen de reclamar aborto y demás derechos de bragueta; pues el Nuevo Orden Mundial sabe bien que el mejor modo de saquear a la gente y así abastecer mejor los mercados financieros consiste en exaltar la lujuria y prohibir la fecundidad, para que la gente no tenga hijos y el expolio que sufre no lo perciba contra un atentado contra su prole.

Así, mediante este sutilísimo control social, nos llevan al matadero. 

lunes, 20 de octubre de 2014

Asaltar el cielo

Pablo Iglesias
Pablo Iglesias es muy superior al resto de dirigentes políticos españoles, siquiera porque tiene lecturas y teología, de las que los otros carecen. Lo ha vuelto a demostrar con esa frase o eslogan que ha lanzado este fin de semana:
 
–El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto.
 
Que es una paráfrasis del Hiperión de Hölderlin, a su vez parafraseado por Marx en una carta dirigida al doctor Ludwig Kugelmann, en la que ponderaba la «iniciativa histórica» y la «capacidad de sacrificio» de los «heroicos camaradas» de la Comuna parisina. Este asalto del cielo que postula Pablo Iglesias revela, amén de lecturas, una teología muy precisa, de raíces prometeicas, que Donoso Cortés ya había detectado en la ideología socialista (frente a la liberal, que calificaba de «antiteológica y escéptica» y, por lo tanto, destinada a la derrota); una «teología satánica» en la que, «si hay mucho de falso, hay algo de gigantesco y grandioso, digno de la majestad terrible del asunto».
 
¿Y quiénes nos han traído esta teología? Los partidos de consenso trataron de imponer una antiteología que negaba el pecado original, proclamando el falso dogma de la inmaculada concepción del hombre, que de este modo ya no estaba necesitado de dirección divina. Este hombre emancipado de Dios afirmó –nos explica Donoso– primero la soberanía de la inteligencia (parlamentarismo, libertad de opinión, etcétera), después la soberanía de la voluntad sin el auxilio de la gracia (sufragio universal) y, ya por último, la soberanía de los apetitos, que siendo el hombre inmaculado habían de ser necesariamente todos excelentes, de tal modo que los gobiernos debían ordenarse a su satisfacción (derechos de bragueta). En realidad, los partidos de consenso, al satisfacer los apetitos del pueblo, no hacen sino garantizar los suyos; pues, mientras los gobernados se refocilan en la cochiquera, no se pispan del «cielo de consenso» con tarjetas negras que disfrutan sus gobernantes. Pero esta política antiteológica de puro disfrute de goces materiales colapsa cuando los gobernados, a dos velas por culpa de la crisis, se pispan del engaño y se encabronan, pues no sólo de derechos de bragueta vive el hombre inmaculado, sino de todo billete que sale de un cajero automático. 
 
A este hombre desengañado de la antiteología liberal le viene Pablo Iglesias con su teología, que tiene la ventaja de ir derecha a los grandes desaguisados provocados por los partidos de consenso, ofreciendo una solución perentoria. Los partidos del consenso liberal se contentaban con recluir a Dios en los desvanes del cielo, como un armatoste al que se destierra o arrincona; Pablo Iglesias, mucho más consecuente, considera que ese caricaturesco Dios de chichinabo que se ha inventado la antiteología liberal simplemente no puede existir. Y ofrece a sus seguidores tomar por asalto el cielo que se ha quedado sin dueño: una vez que se ha negado que el mal sea una perversión de la naturaleza humana caída que vino a redimir Cristo, Pablo Iglesias postula que el mal es un vicio orgánico del orden político (¡la casta!) que el propio hombre redimirá levantándose en rebeldía contra todas las instituciones y liberándose de sus ataduras, hasta convertirse a sí mismo en un nuevo dios omnímodo y vengador. 
 
Paradójicamente, los bellacos que, cogiditos de la mano en su cielo de consenso, nos trajeron a Pablo Iglesias, andan metiéndole miedo a la gente con el asalto al cielo que Pablo Iglesias planea. Pero tales bellacos nada tienen que temer, fuera del desalojo. Como ya nos advirtiera Donoso, esta teología no tiene para el liberalismo sino desdenes; es para el catolicismo para el que guarda sus odios.
 

lunes, 13 de octubre de 2014

La secta del dinerismo

Viendo los enjuagues de esa junta de garduñas del dinero ajeno que acampaba en Caja Madrid, donde se mezclaban en amor y compaña liróforos del liberalismo y rapsodas del socialismo, nos hemos acordado de aquella sabrosa caracterización que Chesterton hacía de capitalistas y comunistas. Escribía Chesterton que el capitalista es un gran partidario de la propiedad, pero de la propiedad ajena, al modo del carterista; y que para combatir los desmanes de este gran partidario de la propiedad nació el comunismo, cuya misión consiste en reformar al carterista… prohibiendo los bolsillos. Y es que el liberal y el socialista, a la postre, son por igual polillas de nuestro dinero.
 
Hace ya cuatro siglos, en su sátira La isla de los monopantos, Quevedo nos explicaba el ingenioso modo a través del cual estos grandes partidarios de la propiedad ajena iban a saquearnos. Los monopantos de la sátira quevedesca, al modo de liberales y socialistas, se reúnen «a confederar malicia y engaños»: unos (estos podrían ser los socialistas, que siempre han presumido de ateazos) afirman no creer que «Jesús era el Mesías que vino»; otros (estos podrían ser los liberales, por aquello del laissez passer), «creyendo que Jesús era el Mesías que vino, le dejan pasar por sus conciencias, de manera que parece que jamás llegó para ellos ni para ellas»; y es que, en realidad, unos y otros tienen un único dios, el dinero, al que rinden culto en secreto, como conviene a «un dios de rebozo, que en ninguna parte tiene altar público, y en todas tiene adoración secreta». A los monopantos los une la codicia, que Quevedo describe como «conciliadora de todas las diferencias de opiniones y humores»; y juran mantenerse secretamente unidos ante un libro que resulta ser (¡qué gran conocedor de los enemigos de España era aquel genial y jodido estevado!) de Nicolás Maquiavelo, autor que gusta por igual a liberales y socialistas. Y remata así Quevedo la narración del encuentro de los monopantos: «Al separarse, unos y otros van tratando entre sí de juntarse, como pedernal y eslabón, a combatirse y aporrearse y hacerse pedazos hasta echar chispas contra todo el mundo, para fundar la nueva secta del dinerismo». 
 
Que en esto consiste, querido lector, la maniobra de despiste de liberales y socialistas, estos monopantos redivivos, para poder saquear a placer la propiedad ajena, como grandes partidarios suyos que son. Fingen que se combaten y aporrean y se hacen pedazos hasta echar chispas, para que la pobre gente ilusa (a la que previamente atiborran con alfalfa liberal o socialista en los negociados de derecha e izquierda creados para tal fin) se incendie, entretenida en una demogresca sin fin, mientras ellos se reparten unas tarjetas de crédito negras como sus almas y se pegan la vidorra padre a costa del dinero del prójimo. Y es que, como nos advertía Chesterton, el liberal y el socialista, como el carterista y el que prohíbe los bolsillos, son por igual polillas de nuestro dinero, con el que pagan sus vacaciones doradas, sus banquetes pantagruélicos, sus clubes de golf y sus cuchipandas con piculinas, así como las braguitas de encaje y los ramos que flores que les regalan, a cambio de que les mientan, diciéndoles que la tienen muy gorda y muy dura. Y, como traen las conciencias en faltriqueras descosidas (donde se les pierde), los muy socarrones siguen alimentando la demogresca mientras tiran de tarjeta: los liberales exigiendo que el dinero fluya sin vigilancia pública, para que sus latrocinios pasen inadvertidos; los socialistas proclamándose celosos vigilantes del dinero público, para podérselo embuchar más fácilmente. Así funciona la secta del dinerismo; y hay pobrecitos paganos que, encima, les votan.
 

lunes, 6 de octubre de 2014

Un mundo felicísimo

Huxley-Orwell
En octubre de 1949, pocos meses después de que George Orwell publicara su célebre distopía 1984, Aldous Huxley le escribía una carta, ponderando sus virtudes literarias y... juzgando, sin embargo, que Orwell estaba por completo equivocado en su visión del futuro y de la nueva forma de poder omnímodo que emergería, para tener controlados a los hombres. «Mi opinión escribe Huxley es que la oligarquía dominante encontrará maneras menos arduas y derrochadoras de gobernar y satisfacer su sed de poder y que esas maneras se asemejarán a aquellas que describí en Un mundo feliz». Y añade, más adelante: «Pienso que, en la próxima generación, los amos del mundo descubrirán que el condicionamiento infantil y la narco-hipnosis son más eficaces como instrumentos de gobierno que las cachiporras y las cárceles; y que el anhelo de poder podrá colmarse tan satisfactoriamente sugiriendo a la gente que ame su servidumbre como flagelándola y golpeándola hasta conseguir su obediencia».

Como suponía Huxley, las oligarquías que gobiernan el mundo han desdeñado el flagelo y han descubierto la eficacia del «condicionamiento infantil», de la caricia halagadora, del entontecimiento hipnótico que nos convierte en zombis. Orwell, un comunista que había acabado tarifando con sus camaradas, se imaginó el futuro gobernado por una suerte de estalinismo hipertecnificado que impone una dictadura agobiantemente censoria y somete a escrutinio y vigilancia todas las inquietudes intelectuales y espirituales; pero lo cierto es que la tiranía que finalmente se instauró no necesitaba vigilar nuestras inquietudes intelectuales y espirituales, por la sencilla razón de que previamente se había encargado de anularlas, mediante un bazar de entretenimientos idiotizantes que nos euniquizan mentalmente y nos abrasan el alma, a la vez que nos convierten en ególatras dominados por nuestras gónadas. Orwell urdió la pesadilla de un mundo en el que se han cegado todas las fuentes de información; pero lo cierto es que nuestro mundo está anegado de información, una catarata informe y atosigante de información que no podemos digerir y que, a la postre, nos convierte en un rebaño de autómatas pasivos, incapaces de cualquier reacción, o bien en jenízaros que obedecen las consignas de la propaganda al modo pauloviano. Orwell, ingenuamente, pensó que una inexpugnable telaraña burocrática impediría que supiésemos la verdad de las cosas; pero lo cierto es que en nuestro mundo la verdad es menospreciada, ensordecida por un estruendo de dulces mentiras, y quienes la portan son execrados como profetas de calamidades. Orwell, con escasa perspicacia, pensó que toda forma de rebeldía contra el poder omnímodo y controlador sería severamente castigada mediante técnicas represivas de derechos y libertades, incluso mediante la tortura; pero lo cierto es que en nuestro mundo todo amago de rebelión es desactivado mediante técnicas de exaltación de derechos y libertades y mediante el suministro de placeres idiotizantes. Huxley avizoró el mundo felicísimo que venía; Orwell, más allá de algunos aciertos parciales, no supo penetrar la entraña del nuevo poder que confiscaría nuestras almas deificando nuestros apetitos más viles.

A mucha gente bienintencionada (pero ilusa) le sorprende que, ante el alud de injusticias en que naufraga nuestro mundo, la gente se muestre incapaz de reacción; o que su reacción sea una rabia enviscada y destructiva que, tras el desahogo, conduce a la postre a la esterilidad y la melancolía; o que, en el mejor de los casos, su reacción sea un puro aspaviento inane que no contribuye a cambiar el estado de iniquidad en el que chapoteamos: organizar una manifestación en defensa del trabajo digno que se mezcla en las calles con la celebración de la hinchada de tal o cual equipo de fútbol; crear estúpidamente un hashtag en Twitter, protestando por tal o cual calamidad, para quedarnos enseguida amuermados, tras el desahogo. Meras respuestas emocionales (¡emoticonos!) que se diluyen en la inanidad ambiental y que enseguida se extinguen entre el bombardeo de gratos estímulos que nos dispensa la nueva tiranía.

Somos víctimas de aquel «condicionamiento infantil» y de aquella «narco-hipnosis» que avizoró Huxley, mucho más eficaces que las cachiporras y las cárceles. Y como ahora los artilugios tienen la pantalla táctil podemos, además, hacernos la ilusión de que la hipnosis que nos suministran la hemos elegido nosotros libremente. Así han hecho de nosotros siervos satisfechos (¡con derecho a decidir, oiga!) en un mundo felicísimo. 

viernes, 3 de octubre de 2014

Voz de los sin voz

La retirada por parte del Presidente de Gobierno del “Anteproyecto de Ley Orgánica para la Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada”, es una decisión política con unas implicaciones morales muy graves, dado que la medida del sr. Rajoy condena a cientos de miles de vidas humanas al más absoluto de los desamparos.

El derecho a la vida no es un derecho más, sino uno anterior a todos los derechos, y sobre el que se sustentan todos los demás. Obviamente, el juicio moral de las políticas desarrolladas por un gobierno no se circunscribe a la tutela de la vida. La experiencia nos dice que unos partidos suelen ser más sensibles hacia determinados valores éticos, mientras que otros lo son hacia otro tipo de valores morales. Pero cuando lo que está en juego es el mismo derecho a vivir, no cabe entender que estemos ante una cuestión más, entre tantas otras. Se trata probablemente del mayor de los dramas morales de nuestra sociedad. Cada día son exterminadas en España más de trescientas vidas humanas, a las que se les niega el más elemental de los derechos: el derecho a vivir. Y esto se hace bajo el amparo de un ley inicua que reconoce el derecho a abortar, es decir, el derecho a matar.

Si bien el Partido Popular había manifestado mientras estaba en la oposición su desacuerdo con la ley abortista de Zapatero (2010), finalmente, ha terminado por asumir la aberración de considerar al aborto como un derecho humano. (Conviene puntualizar que no existe en el mundo otro estado que considere el aborto como un derecho en su legislación). Desgraciadamente, no es la primera vez que se produce una deriva semejante en el Partido Popular. Los hechos demuestran que la supuesta “izquierda” es la que termina marcando el camino a la supuesta “derecha”. Cada vez existen menos diferencias ideológicas reales entre los partidos políticos, dado que han asumido todos ellos los valores del neocapitalismo, el relativismo y la ideología de género. Alguien dijo que el pensamiento políticamente correcto de nuestros días, se caracteriza por ser teóricamente marxista, prácticamente liberal, y psicológicamente freudiano.

La decisión tomada por el Presidente de Gobierno reabre de una forma definitiva el debate ya existente desde hace tiempo en el seno de la Iglesia Católica: ¿Qué tipo de presencia deben de tener los católicos en la vida política? ¿Es coherente que los católicos se integren en partidos políticos que acogen en sus programas propuestas diametralmente contrarias a los valores evangélicos? ¿Pueden los católicos votar a partidos políticos que están en esta situación, basándose en el principio del “mal menor”? El tiempo ha demostrado que por el camino del “mal menor” se termina llegando al “mal mayor”. La opción del “mal menor” solo puede ser acogida por un cristiano de forma circunstancial y transitoria; sin caer en la tentación de hacer de ella su “santo y seña”. Y es que… Jesucristo nos enseñó a apostar por el bien; no por el mal menor.

De forma similar a como me consta que un número significativo de militantes del Partido Nacionalista Vasco se dieron de baja en su militancia política, cuando su partido asumió los postulados abortistas, tampoco me cabe duda de que ahora serán también muchos los que hagan lo propio en el Partido Popular (aunque los aparatos políticos intenten poner sordina a este hecho). Estamos ante un test importante para medir nuestra jerarquía de valores: ¿La ideología por encima de los valores morales? ¿O los valores morales por encima de la ideología? No caben las componendas; hay que optar.

Los creyentes tienen un serio problema: en el arco parlamentario actual no existe ningún partido de ámbito estatal capaz de representar al voto católico. Para decirlo claramente: un católico que aspire a ser fiel a los principios de la Doctrina Social Católica, no puede votar en coherencia a los partidos políticos de ámbito nacional presentes en el actual Congreso de Diputados.

El quehacer de los obispos es la iluminación moral, y no la conformación de alternativas políticas. He aquí uno de los retos específicos más importantes de los seglares en este momento. La vocación de los laicos católicos, a diferencia de los sacerdotes y obispos, es la de hacerse presentes en la vida pública proponiendo alternativas políticas, capaces de encarnar de forma coherente en la vida pública los principios que inspiran la Doctrina Social Católica.

Ni qué decir tiene que aunque estas reflexiones están referidas prioritariamente a los católicos, son también aplicables a los miembros de otras confesiones religiosas, e incluso a no pocos ciudadanos no creyentes que apuestan por la integridad de los valores morales, incluyendo el de la inviolabilidad de la vida humana en el seno materno.

La cuestión es la siguiente: ¿Quién prestará su voz a los que no tienen voz? ¿Quién está dispuesto a defender el derecho a la vida de cientos de miles de inocentes que todavía no pueden hablar por sí mismos? ¿Y quién ofrecerá a las mujeres embarazadas que están en situaciones difíciles una alternativa a esa trampa mortal llamada “derecho a abortar”?

+ José Ignacio Munilla
Obispo de San Sebastián

domingo, 28 de septiembre de 2014

Al fondo del aborto

Al fondo del aborto, como en general de lo que Juan Pablo II –¡ay, aquellos Papas «obsesionados» con el aborto!– llamó en «Evangelium Vitae» cultura de la muerte, subyace el problema de la libertad humana, antaño concebida como un don divino que nos permitía elegir moralmente y renunciar al mal. Con este concepto de libertad acabaría el liberalismo, que al modo pagano volvió a hacer del hombre la medida de todas las cosas, exhortándolo a deshacerse de todo cuanto lo limita en el proceso de fortalecimiento de su «yo»: así, en aras de ese «yo» soberano y autónomo, se exaltaron los deseos más torpes y las ambiciones más egoístas; y el Estado se vio obligado a garantizar su plena y omnímoda «realización». 
 
A esta libertad que «exalta al individuo aislado de forma absoluta» la calificaba Juan Pablo II en la encíclica citada de «perversa». Y Benedicto XVI –¡otro Papa «obsesionado» con el aborto!– remachaba que «esta es la rebelión fundamental que atraviesa la historia, y la mentira de fondo que desnaturaliza la vida». Desde que esta rebelión adquiriese carta de naturaleza política, mediante una doctrina liberal que consagra la autonomía de la voluntad y una libertad de conciencia desarraigada de un orden moral objetivo, declararse «antiabortista» sin atreverse a atacar los cimientos ideológicos que permiten y auspician el aborto es como arar en el mar, porque la consecuencia inevitable de esa libertad perversa es la pérdida del sentido de la inviolabilidad de la vida humana. Y cuando el bien supremo de la vida es supeditado a la libertad individual, es inevitable que se imponga una consideración meramente funcional y utilitaria de la vida, que así queda despojada de su dignidad; y todavía más si esa vida humana es todavía gestante. La vida gestante deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un medio o instrumento para beneficio de otros; y así, la verdadera ética de la dignidad de la vida humana es suplantada por una falsa ética de la «calidad» de la vida humana, una calidad que es medida por criterios de utilidad. Sólo si una vida es útil, si es «deseada» o «ambicionada» por otros en razón de su utilidad, esa vida tiene valor; de lo contrario, podemos disponer de ella a nuestro antojo.
 
Pero las acciones moralmente erróneas, aunque puedan parecer útiles en un principio, aunque nos reporten beneficios inmediatos, acaban arrastrándonos inexorablemente a la ruina moral; cuando la cultura de la muerte se impone como una conquista de la libertad, nuestra propia condición humana se debilita hasta perecer. Y así los hombres, sobornados por un poder manipulador que les concede una libertad perversa, acaban convirtiéndose en esclavos de esa libertad, como Fausto se convertía en esclavo de Mefistófeles. Por supuesto, la sofística contemporánea empleará coartadas emotivas y pretendidamente altruistas (¡el aborto es un drama para la mujer!) en su propósito de facilitar este eclipse de la conciencia moral y de adecentar las aberraciones más impías. Y los medios de adoctrinamiento de masas presentarán a quienes osen pronunciarse contra esta cultura de la muerte como oscurantistas desalmados y enemigos de la mujer o la solidaridad humana. 
 
Ocurre esto mientras la Iglesia, cada vez menos «obsesionada» con el aborto, se está convirtiendo en mera «animadora de la democracia». Y a los católicos, convertidos en cándidos mamporreros de la cultura de la muerte, no nos queda otro remedio (risum teneatis) sino votar a los modositos liberales de derechas, no sea que vengan los tremendos liberales de izquierdas, que tienen cuernos y rabo.
 

sábado, 13 de septiembre de 2014

Diada

Orquestar un festival separatista en torno a una ofrenda floral a Rafael de Casanova resulta tan irrisorio como orquestar un congreso sobre la castidad en torno a una ofrenda floral a Giacomo Casanova. Pero, siendo España un país desnaturalizado que provoca hilaridad, no podían los catalanes elegir mejor modo de demostrar ante el mundo su españolidad irreductible que organizar festivales hilarantes. Rafael de Casanova, que presidía el Consell del Cent de Barcelona allá por 1714, era un patriota español que decidió mantener la fidelidad al archiduque Carlos, después de que los perros ingleses y holandeses abandonaran su causa. Para que podamos calibrar lo que Rafael de Casanova y los catalanes que resistieron al ejército francés tenían en común con los gachós y las gachises del separatismo catalán podemos recordar, por ejemplo, aquel bando de agosto de 1714, en el que la ciudad de Barcelona hacía votos de «rezar públicamente el rosario en las plazas», en señal de arrepentimiento por haber confiado en los herejes ingleses y holandeses que no habían cumplido sus compromisos. O aquel pregón del mismo 11 de septiembre de 1714, dado a las tres de la tarde, en el que se exhortaba: «Todos los verdaderos hijos de la patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España». 
 
Rafael de Casanova, como todos los catalanes de entonces, que aún no habían sido desnaturalizados por el virus romántico que los mutaría en separatistas (al modo en que el Vengador Tóxico muta después de caer en un barril de residuos radiactivos), derramaron la sangre por el rey que juzgaban legítimo y por España, a la que consideraban sojuzgada por la dinastía borbónica, que había sido apoyada por el francés (al que, casi un siglo después, los catalanes volverían a batallar heroicamente). Rovira i Virgili, que era nacionalista furibundo pero no se chupaba el dedo, en su Historia dels Moviments Nacionalistes, se esfuerza por desvincular la causa que defiende de los acontecimientos de 1714, de los que abomina porque sabe que fueron protagonizados por hombres que creían en la unidad católica de España: «Esta es una línea que pasa por el movimiento catalán de la guerra contra Francia, después por la guerra de la Independencia y va a parar a las guerras carlistas. En realidad, los herederos de 1640 y de 1714 son los carlistas de la montaña catalana». No hace falta añadir que Rovira i Virgili sostenía también que «las guerras carlistas tenían que ser borradas de la memoria de la gente catalana, cual si nunca hubieran existido». 
 
Y es que Rovira i Virgili sabía que, para independizarse, Cataluña debía olvidar su verdad histórica. Esta obra hija del odio (como la definió Prat de la Riba) se logró borrando de la memoria de los catalanes su tradición política (que, «si en conservar sus privilegios era tenacísima, en servir a sus reyes era sin ejemplo extremada», como escribió Tirso) y adoptando conceptos políticos foráneos, hijos de las revoluciones liberales introductoras del veneno de los nacionalismos en Europa, que cifraban la existencia de una nación allá donde hubiese una colectividad dispuesta a reivindicarla, sin otra soberanía que la emanada de sus miembros. Este es el veneno desnaturalizador que, a la postre, ha llevado a los catalanes a orquestar hilarantes festivales separatistas manipulando la memoria de los patriotas de 1714; pero no es menos hilarante que desde Madrid se trate de combatir esta desnaturalización presentando el veneno que la causó como antídoto. Rovira i Virgili se estará descojonando, allá en el purgatorio.
 

sábado, 6 de septiembre de 2014

Recuerdos

Acongoja el alma el degüello de esos reporteros por los perros yihadistas. Pero no debemos olvidar que esos reporteros fueron capturados en Siria, donde informaban sobre la guerra que esos mismos perros yihadistas libraban (y libran) contra Al Assad, uno de los pocos gobernantes de Oriente Próximo que protege a los cristianos. Por escribir que quienes combatían a Al Assad eran, en realidad, perros yihadistas que anhelaban la restauración de la «umma», o por celebrar la venturosa intervención de Rusia que impidió que Estados Unidos y su séquito de lacayos intervinieran sin careta en el conflicto, he sido machaconamente insultado durante los últimos años por cierto periodismo chulángano y bocón, de forma velada o elusiva desde sus tribunas de papel, y de forma desaforada o salvaje desde su cochiquera de Twitter, donde cada insulto era además celebrado, amplificado y extendido a mis allegados por su legión de jenízaros.
 
No corresponderé a este vómito de insultos velados o salvajes, que he olvidado; pues, como buen meapilas, procuro obedecer el mandato evangélico del amor al enemigo. Recuerdo, en cambio, que este periodismo ha estado llamando hasta ayer mismo «rebeldes» e «insurgentes» a los perros yihadistas que secuestraban periodistas para luego poderlos degollar. También recuerdo que este mismo periodismo, allá por la primavera de 2011, mientras celebraba orgiásticamente que Gadafi estuviese perdiendo el control de Libia, se pronunciaba con ardor a favor de los «rebeldes» que combatían en Siria, diciendo: «Muchos en Occidente tienen dudas sobre los rebeldes en estos levantamientos. Yo creo que, en una guerra así, debería estar claro con quién estar». Este periodismo, desde luego, lo ha tenido clarísimo: recuerdo que en el verano de 2012, celebraba, como enardecido por una lujuria belicista, que frente a la «estrategia del horror» de Al Assad estuviesen allí los «insurgentes» dispuestos a hacerla fracasar «con la sangre de los soldados del régimen». Y en el verano de 2013, cuando ya estos «insurgentes» tan heroicos divulgaban vídeos en los que se comían el corazón de sus enemigos, recuerdo que todavía este periodismo lamentaba que hubiese gente (influida, desde luego, por meapilas) que creyese que «los enemigos de Al Assad son peores que el régimen» y que «la insurrección está controlada por Al Qaeda u otros yihadistas». 
 
También recuerdo que, en septiembre de 2013, después de la intervención venturosa de Rusia, este periodismo tildaba a Obama de «pésimo defensor de una causa justa» y exhortaba: «Se trata de atacar a Al Assad para dejar constancia de que quien viola las reglas lo paga. Lamentable es la falta de músculo político y moral en Occidente para defender lo obvio». Todo, en efecto, muy obvio y musculoso, según la consigna jaque de este tipo de periodismo que, todavía en junio de 2014, ante el espectáculo de los yihadistas martirizando cristianos, recuerdo que tenía el cuajo de escribir que tal horror no se habría desatado si Occidente hubiese apoyado a las «fuerzas complicadas y heterogéneas» (nótese la sustitución de «rebeldes» o «insurgentes» por este divertido circunloquio) que guerreaban contra Al Assad. Y remataba la faena pintorescamente: «Ahora Siria anuncia su venganza y nos visita y amenaza». 
 
¿De qué Siria está hablando este periodismo, santo cielo? No es Siria, Estado que protege a las minorías cristianas, quien nos amenaza, sino los perros yihadistas a quienes este periodismo tan guay y molón ha estado apoyando en su lucha contra Siria, a la vez que insultaba chulescamente a quienes osaban llevarle la contraria. Menos mal que algunos meapilas tenemos algo de memoria.
 


lunes, 18 de agosto de 2014

Odio de destrucción masiva

La archiconocida foto de las Azores
Así titulé, hace 11 años, un artículo publicado en ABC, uno de los muchos que escribí contra la invasión de Irak. Permítame el amable lector recuperar algunos de sus pasajes: «Bush y sus comparsas [...] creían que la escabechina ocasionada en Irak era un episodio concluso, sin reparar en que su prepotencia y su lujuria bélica habían despertado la más pavorosa arma de destrucción masiva que conocieron los siglos. Un arma que hiberna en el pecho de los hombres y aguarda, a veces durante siglos, el fuego que prenderá su mecha. [...] A la postre, la guerra de Irak se saldará del siguiente modo: las tropas americanas y sus aliados o comparsas habrán de retirarse del territorio ocupado, incapaces de soportar la incesante sangría; los iraquíes, lejos de constituirse en pacífica democracia (como pretenden los propagandistas de cuentos de hadas), se enzarzarán en guerras intestinas por el control del poder, instaurando un caos que nos hará añorar al sacamantecas Sadam Husein; y el mundo probará, una y otra vez, el odio de los musulmanes, convertido definitivamente en arma de destrucción masiva. Todo pecado arrastra una penitencia; y de este desastre azuzado por paranoicos que ha sido la guerra de Irak no hemos sino empezado a saborear las consecuencias».

No soy ningún irenista candoroso, ni tampoco ningún embajador del Islam. Pero consideraba aquella guerra una calamidad provocada por motivos de naturaleza muy distinta a los declarados; y consideraba también que una dictadura como la de Sadam Husein, que a la vez que mantenía aquietado el peligro islamista protegía a las minorías religiosas (recordemos que Sadam Husein tenía, incluso, algún ministro cristiano en su gabinete), era el mejor katéjon (permítaseme el empleo del término paulino, cuyo sentido último algunos comprenderán) frente a la oleada de odio anticristiano latente en la región. Tales opiniones eran muy hostilmente recibidas en los ámbitos en los que yo desarrollaba mi labor de publicista, mayoritariamente conservadores, que por entonces -como ahora- estaban acaudillados intelectualmente por 'halcones' poseídos por esa «lujuria bélica» a la que nos referíamos en aquel artículo (pero disfrazados de propagandistas de cuentos de hadas, por supuesto). Por condenar aquella guerra de Irak, denunciar las razones espurias que guiaban al gobierno americano (así como a sus patéticos comparsas) y augurar que, tras la caída de Sadam Husein, la región se convertiría en un polvorín recibí entonces multitud de injurias y difamaciones de gentes que trataban de intoxicar a sus lectores, haciéndoles creer que aquella guerra se había declarado para «llevar la libertad» a Irak y «extender la democracia» (risum teneatis). Pero yo bien sé que aquellas injurias y difamaciones las dictaba ese rechazo instintivo muy sagazmente detectado por Leonardo Castellani que los que viven en tiempo presente (¡y disfrutan de las ventajas y sobornos del tiempo presente!) sienten hacia el profeta que vive en tiempo futuro, al que desean empujar hacia la soledad, silenciar y finalmente matar, siquiera civilmente. Siendo sinceros, aquel designio lo han ido cumpliendo implacablemente durante todos estos años: negar que estoy cada vez más arrinconado sería tanto como vivir en un mundo de fantasía.

Siendo también sinceros, he de reconocer que me lo he ganado a pulso. Lo mismo que dije para la guerra de Irak lo repetí después para otros conflictos desatados en Oriente Próximo (la primaverita árabe, ciertas 'intervenciones' desproporcionadas de Israel en la Franja de Gaza, la guerra de Siria, etcétera), en las que siempre he visto un afán por enviscar a los musulmanes y convertir la región en un avispero para satisfacer los intereses del Nuevo Orden Mundial, condenando además a los cristianos que pueblan estas latitudes al éxodo o al martirio. El resultado de todos estos episodios, tan aplaudidos por los jenízaros del mundialismo, están a la vista para cualquier persona no excesivamente atufada por la propaganda: una consolidación de las facciones islamistas que promueven la umma (unidad de todos los mahometanos bajo el fundente de la fe) y persecución a las comunidades de cristianos, a las que hasta hace poco -bajo regímenes corruptos, no lo negaremos, pero por ello mismo solo preocupados de mantener en paz el poder- se toleraba de modo más o menos sincero. Aquel odio de destrucción masiva que avizorábamos hace más de diez años se extiende rampante por Oriente Próximo; y, aunque desde la soledad y el desprestigio las dentelladas de los chacales hieren mucho más, mientras tenga voz «no he de callar, por más que con el dedo, / ya tocando la boca, o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo».

lunes, 11 de agosto de 2014

Polvos y lodos

Los Estados Unidos se han puesto otra vez a defecar bombas en Irak; en lo que actúan con aquella malicia socarrona del ciego del Lazarillo de Tormes, que después de descalabrar al protagonista estampándole una jarra de vino se burlaba de él, aplicándole vino en las heridas y diciéndole con sorna: «¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud». Pues, en efecto, fueron los Estados Unidos los que enfermaron (e infernaron) Irak, defecando bombas sobre Sadam Husein hasta destronarlo y liberando a los demonios que él había logrado encadenar; y defecando bombas pretenden ahora sanar Irak, sin saber (o tal vez sabiéndolo, como suele ocurrir entre gente proterva) que las bombas hacen más fuertes a los demonios.
 
En su libro Las grandes herejías, Hilaire Belloc nos explica lo que distingue a la secta mahometana de las demás herejías que han florecido, a modo de hongos ponzoñosos, a lo largo de la historia. En efecto, todas las herejías nacen con gran pujanza hasta que sobreviene su gradual declinación, que suele durar un par de siglos, y posterior deceso, para resucitar después metamorfoseadas (así, por ejemplo, la herejía calvinista, en la que ya nadie cree, engendró sin embargo el aislamiento de las almas, el retroceso de la acción social, la competencia irrestricta y la veneración del dinero que darían lugar al capitalismo). Pero con el Islam nada de esto ha sucedido, excepto la primera fase de expansión, de feroz virulencia desde el principio. En realidad, la secta mahometana ha vivido siempre encerrada en un bucle: por un lado, enfrentadas entre sí sus diversas facciones; por otro, anhelante de restaurar el califato y alcanzar la umma (unidad de todos los mahometanos), imponiendo la sharia y declarando la yihad al «infiel». En este bucle violento y quimérico (y, al mismo tiempo, simplicísimo) se ha desenvuelto siempre el Islam, desde su asalto inicial al Levante cristiano hasta nuestros días; y tal vez ese bucle le haya prestado el ardor que le ha faltado a las demás herejías, permitiéndole perdurar sin necesidad de metamorfosearse. Precisamente una de las pocas fórmulas que se probaron exitosas para detener la dinámica del bucle mahometano fueron las dictaduras al estilo de Sadam Husein, que a la vez que mantenían aquietadas a las diversas facciones mahometanas hacían añicos el sueño quimérico del califato, otorgando además un trato benigno a los cristianos (en Irak católicos de rito caldeo) y logrando unos niveles de prosperidad notables para su pueblo (de los cuales, como cualquier corrupto catalán o andaluz, Sadam Husein pillaba cacho). Con este remanso de paz logrado por Sadam Husein acabaron –en volandas de la codicia– los ataques anglosionistas que comenzaron hacia 1990 (con la España felipista actuando como penoso títere) y que se habrían de rematar (con la España aznarí actuando como orgulloso mamporrero) con una invasión que, bajo la excusa de destruir unas inexistentes armas de destrucción masiva (variante neocón de la caza del gamusino), convertiría Irak en un Estado fallido para los restos, con masacres diarias en las calles y una persecución sin precedentes de la minoría cristiana, obligada a elegir entre el éxodo y el martirio.
 
De los polvos de aquella guerra provocada por los Estados Unidos (con sus títeres y mamporreros) vienen los lodos que ahora Estados Unidos viene a remediar del único modo que sabe: defecando bombas que sólo servirán para extender el incendio de la violencia mahometana. Todo sea por la sacra auri fames de la que se nos hablaba en la Eneida, que los neocones –mucho más finos en la elección de metáforas que Virgilio– llaman sarcásticamente «defensa de la libertad y la democracia».