Sin querer lanzar las campanas al vuelo, pero haciéndolas
repicar de lo lindo, Rajoy nos adelantaba que los datos de empleo del
mes de mayo que se harán públicos mañana nos traerán alegrías. En
realidad, será las alegrías de la casa del pobre, pues mayo es un mes en
el que siempre desciende el paro, porque se formalizan muchos contratos
temporales en el sector turístico y aumentan las actividades laborales
al aire libre. Así ha ocurrido con la única excepción de 2008 desde
que, allá a mediados de la década de los ochenta, se empezara a computar
mensualmente la evolución del desempleo. Aquí cabría decirle a Rajoy lo
mismo que mi abuelo me decía, en plan aguafiestas, cuando me dejaba
arrastrar por el entusiasmo: «¡Menos lobos, tío Jeromo!».
También se nos repite que la reforma laboral empieza a
cosechar sus frutos; y que la «moderación salarial» nos ha hecho más
competitivos. Entre las perversiones lingüísticas introducidas por el
cinismo de la «ciencia» económica, este mantra de la «moderación
salarial» exige que le echen de comer aparte: pues todo lo que se modera
como la etimología de la palabra nos enseña es porque se ajusta o se
mantiene dentro de una medida; y para moderar los salarios no hay sino
que ajustarlos a los precios, que son su medida. De donde se deduce que
un descenso de los salarios realizado allá donde los precios no
descienden sino que, por el contrario, siguen aumentando, debe
designarse propiamente «inmoderación salarial». Por supuesto, esta
inmoderación reduce los costes de producción y aumenta las
exportaciones; pero, al mismo tiempo, contrae el consumo interno. Una
economía que se hace «competitiva» erosionando la capacidad adquisitiva
de sus agentes tiende a la larga a hacerse inviable; pero ya se sabe que
la globalización demanda economías «competitivas» que abastezcan de
productos a bajo coste. Tal vez ese sea el papel que la economía global
nos ha asignado a medio plazo. Nos va a tocar trabajar «como chinos»,
ahora que los chinos empiezan a vivir como europeos.
Esta nueva economía «competitiva» que se nos viene encima
empieza a enseñar la patita. Nos anuncia un «comité de expertos»
nombrado por el gobierno que, en el futuro, las pagas de los jubilados
deberán calcularse «de acuerdo a cálculos relacionados con la esperanza
de vida»; lo que, traducido a román paladino, significa que, puesto que
la esperanza de vida crece, deberán decrecer las pensiones, hasta
acercarlas a un nivel de supervivencia. En esta misma línea
«científica», un informe del Banco de España desliza que «cabría la
posibilidad» de «explorar mecanismos excepcionales para evitar que el
salario mínimo actúe como una restricción» para la contratación; lo que,
traducido al román paladino, significa libertad para contratar en
condiciones miserables, aprovechándose de la miseria en que se halla
quien demanda trabajo y cargándose el último dique que garantiza aunque
sea precariamente una mínima justicia social.
Ambas propuestas, bajo su maquillaje científico, se
fundan en la exploración de los límites de la resistencia humana en
condiciones adversas, que es el mismo criterio que fundaba el régimen
alimentario irreprochablemente científico en los campos de trabajo
soviéticos. En un mundo moderadamente cuerdo, propuestas como la del
«comité de expertos» o la del Banco de España serían consideradas
criminales; en un mundo inmoderadamente loco, pueden pasar por medidas
que favorecen la «competitividad» de nuestra economía, en la que
acabaremos compitiendo por un currusco de pan.
Autor: Juan Manuel de Prada
No hay comentarios:
Publicar un comentario